martes, 20 de enero de 2015

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXVI)


CAPITULO 26

Que nos hemos de guardar de hablar palabras que 
pueden redundar en nuestro loor. 

     Los Santos y maestros de la vida espiritual, Basilio, Gregorio, Bernardo y otros, nos avisan que nos guardemos con mucho cuidado de hablar palabras que puedan redundar en nuestra alabanza y estima, conforme a aquello que el santo Tobías aconseja a su hijo (4, 14): Nunca permitas que la soberbia se enseñoree en tu corazón ni en tus palabras. Pondera muy bien San Bernardo a este propósito aquello de San Pablo (2 Cor 12, 6): [Me abstengo de hablar, porque no piense alguno de mí más de lo que en mí ve, u oye de mí]. Había dicho el Apóstol algunas cosas grandes de sí, porque convenía así para los oyentes y para la mayor gloria de Dios, y pudiera decir otras mayores, pues había sido arrebatado al tercero Cielo, donde vio y entendió más de lo que la lengua puede hablar, pero: Déjalas, dice, de decir porque no piense alguno de mí más de lo que hay y se ve en mí. Dice San Bernardo: «¡Oh! ¡Qué bien dijo: Yo perdono ahora eso! El soberbio y el arrogante no perdona a esas cosas, porque no deja pasar ninguna ocasión en que pueda mostrar ser algo, que no lo haga; antes algunas veces añade y dice más de lo que es, para ser tenido y estimado en más. Sólo el verdadero humilde deja pasar estas ocasiones, y para que no le tengan en más de lo que es, quiere descubrir lo que verdaderamente es». Y descendiendo en esto más en particular, dice: «Nunca digáis cosa de donde podáis parecer muy letrado, o muy religioso, u hombre de oración: generalmente, cosa que pueda redundar en vuestro loor, de cualquier manera que sea, siempre os habéis de guardar de decirla, porque es cosa muy peligrosa, aunque la podáis decir con mucha verdad, y aunque sea de edificación y os parezca que la decís para bien y provecho del otro; basta ser cosa vuestra para no la decir. Siempre habéis de andar muy recatado en esto, para que no perdáis con eso el bien que por ventura hicisteis.» 

San Buenaventura dice: «Nunca digáis palabras que den a entender que sabéis, o que tenéis habilidad, donde puedan los otros entender que allá en el siglo erais algo. Parece muy mal en la Religión preciarse de la nobleza y estado de los suyos, porque todos esos linajes y estados son un poco de viento, y como decía uno muy bien: La nobleza, ¿sabéis para qué es buena? Para menospreciarla como la riqueza. De lo que acá se hace caso es de la virtud y humildad que tuviereis; eso es lo que se estima; que lo que o no erais allá fuera, todo es aire; y el que en la Religión se precia de esas cosas, o hace caso de ellas, muestra bien su vanidad y poco espíritu; ese tal no ha dejado ni menospreciado el mundo». Dice San Basilio: «El que ha nacido con otro nacimiento nuevo, y ha contraído parentesco espiritual y divino con Dios, y recibido poder para ser hijo suyo, se avergüenza de ese otro parentesco carnal y olvidase de él.» 

     En cualquiera parecen mal las palabras de su alabanza, y así dice el proverbio: [La alabanza en la propia boca envilece]. Y mejor el Sabio (Prov. 27, 2): [Alábate otro, y no tu boca; el extraño, y no tus labios]. Pero en la boca del religioso parecen mucho peor, por ser tan contrarias a lo que profesa, y por donde uno piensa que será estimado, viene a ser desestimado y tenido en poco. San Ambrosio, sobre aquellas palabras del Profeta (Sal 118, 153): Mirad, Señor, mi humildad, y libradme, dice: «Aunque uno sea enfermo, pobre y de baja suerte, si él no se ensoberbece ni se quiere preferir a nadie, con la humildad se hace amar y estimar; ésa lo suple todo. Y por el contrario, aunque uno sea muy rico, noble, poderoso, y aunque sea muy letrado y tenga muchas partes y habilidades, si él se jacta y engríe de eso, con eso se apoca y abate, y viene a ser despreciado y tenido en menos, porque viene a ser tenido por soberbio».  

     Del abad Arsenio cuenta su historia que con haber sido en el mundo tan ilustre y eminente en letras, porque fue maestro de los hijos del emperador Teodosio, Arcadio y Honorio, que fueron también emperadores, con todo eso, después que se hizo monje, jamás se le oyó palabra que oliese a grandeza, ni que diese a entender que sabía letras, antes conversaba y trataba con los demás monjes con tanta humildad y llaneza como si no supiese letras ningunas, y preguntaba a los monjes más simples las cosas del espíritu, diciendo que en esta altísima ciencia no merecía ser discípulo. Y del bienaventurado San Jerónimo se dice en su Vida que era de linaje nobilísimo; y con todo eso, en todas sus obras no se halla que él haya dado significación alguna de ello. 

    Dice San Buenaventura una razón muy buena: Entended que apenas puede haber en vos cosa buena y digna de loor, que no se les trasluzca a los otros y la entiendan y sepan; y si vos calláis y la escondéis, agradaréis mucho más y seréis más digno de loor, así por la virtud como por quererla encubrir; pero si vos la manifestáis y hacéis plato de ella, harán burla de vos; y de donde antes se edificaban y os estimaban, os vendrán a despreciar y tener en poco. Es en esto la virtud como el almizcle, que mientras más le escondéis, más se muestra con el olor que da; y si le tenéis descubierto, presto perderá el olor. 

     Cuenta San Gregorio que un santo abad, llamado Eleuterio, iba una vez caminando, y llegando a hacer noche a un monasterio de monjas, le hospedaron en cierta casa donde estaba un muchacho muy atormentado del demonio, el cual fue aquella noche su compañero. Venida la mañana, le preguntaron las monjas si le había venido a aquel mozo algún accidente. Respondió que no. Entonces dijeron ellas que era muy atormentado cada noche del demonio, y le rogaron con mucha insistencia que le llevase consigo al monasterio. Aceptó el viejo sus ruegos, y como estuviese mucho tiempo en el convento y no se osase llegar a él el enemigo antiguo, fue tocado el corazón del viejo de alguna alegría desordenada y vano contento por la salud del mozo, y hablando con sus monjes, dijo: «Se burlaba, hermanos, el demonio con aquellas monjas atormentando, este mozo; mas después que ha venido al monasterio de los siervos de Dios, no se ha atrevido a llegar a él.» En diciendo estas palabras, súbitamente, delante de todos, fue el mozo atormentado del demonio; lo cual visto por el santo viejo, comenzó a llorar amargamente, viendo que su vanagloria había sido causa de aquel desmán; y consolándole los monjes, les dijo que ninguno de ellos comerían bocado hasta que alcanzasen la salud de aquel mozo. Y postrados todos en oración, no se levantaron de ella hasta que fue sano el enfermo.» Por donde se verá cuánto aborrece Dios las palabras que tienen algún resabio, de alabanza propia, aunque se digan burlando, por gracia y por donaire, como parece que las dijo este santo.

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
Padre Alonso Rodríguez, S.J.