martes, 14 de enero de 2014

EL GOLPE MAESTRO DE SATANÁS


Comenzamos hoy a publicar un pequeño libro de Monseñor Marcel  Lefebvre,
“El golpe maestro de Satanás”
El cual es, en realidad, una serie de charlas, sermones, y escritos varios
 en donde notamos la caridad y la prudencia con que se manejó Monseñor
en sus primeros tratos con Roma.
Escritos entre los años 1975 y 1977, denuncian ya  la gravedad de los dichos y
hechos realizados por las más altas jerarquías  de Roma,  
a partir del Concilio Vaticano II,
los cuales fueron minando y destruyendo 
la Doctrina milenaria de la Iglesia Católica
hasta llegar al punto en donde nos hallamos hoy:
Una nueva religión que insiste en seguir llamándose Católica
Pero  que reúne en sí todas las herejías ya condenadas 
por todos los Papas anteriores.
En este combate por la fidelidad a la Tradición y al depósito de la Fe 
Monseñor Lefebvre irá reafirmando su posición inicial 
al chocar con el endurecimiento y la obcecación
de los que ocupan Roma.


Portada del libro publicado en 1981
Por Editorial ICTION

I
            Sabemos por el Génesis y mejor aún por Nuestro Señor mismo que Satanás es el pa­dre de la mentira. En el versículo 44, capí­tulo 8 del Evangelio de San Juan, Nuestro Señor apostrofa a los judíos diciéndoles:
"El diablo es vuestro padre y vosotros queréis cumplir sus deseos. Desde siem­pre él es homicida y permanece fuera de la Verdad, puesto que no hay verdad en él, su palabra es mentirosa porque mien­te por naturaleza, ya que es mentiroso y padre de la mentira..."
Satanás es homicida en las persecuciones sangrientas, padre de la mentira en las here­jías, en todas las falsas filosofías y en las palabras equívocas que están en la base de las revoluciones, de las guerras mundiales, de las guerras civiles.
No cesa de atacar a Nuestro Señor en su cuerpo místico: la Iglesia. En el curso de la Historia ha empleado todos los medios, de los cuales uno de los últimos y más terribles ha sido la apostasía oficial de las sociedades civiles. El laicismo de los Estados ha sido y es siempre un escándalo inmenso para las almas de los ciudadanos. Y es por ese sub­terfugio que ha logrado laicizar poco a poco y hacer perder la fe a numerosos miembros de la Iglesia, a tal punto que esos falsos prin­cipios de separación de la Iglesia y el Estado, de la libertad de las religiones, del ateísmo político, de la autoridad que toma su origen de los individuos, han terminado por invadir los seminarios, los presbiterios, los obispa­dos y hasta el Concilio Vaticano II.
Para hacer eso, Satanás ha inventado pala­bras claves que han permitido que los erro­res modernos y modernistas penetraran en el Concilio: la libertad se ha introducido me­diante la Libertad religiosa o Libertad de las religiones; la igualdad, mediante la Colegia-lidad, que introduce los principios del igua­litarismo democrático en la Iglesia y, final­mente, la fraternidad mediante el Ecume-nismo que abraza todas las herejías y erro­res y tiende la mano a todos los enemigos de la Iglesia. El golpe maestro de Satanás será, por consiguiente, difundir los principios re­volucionarios introducidos en la Iglesia por la autoridad de la misma Iglesia,, poniendo a esta autoridad en una situación de incohe­rencia y de contradicción permanente; mien­tras que este equívoco no sea disipado, los desastres se multiplicarán en la Iglesia. Al tomarse equívoca la liturgia, se torna equí­voco el sacerdocio, y habiendo ocurrido lo mismo con el catecismo, la Fe, que no puede mantenerse sino en la verdad, se disipa. La jerarquía de la Iglesia misma vive en un equívoco permanente entre la autoridad per­sonal, recibida por el sacramento del Orden y la Misión de Pedro o del Obispo y los prin­cipios democráticos.

Es preciso reconocer que la jugarreta ha sido bien hecha y que la mentira de Satanás ha sido utilizada maravillosamente. La Igle­sia va a destruirse a sí misma por vía de la obediencia. La Iglesia va a convertirse al mundo hereje, judío, pagano, por obedien­cia, mediante una Liturgia equívoca, un cate­cismo ambiguo y lleno de omisiones y de instituciones nuevas basadas sobre princi­pios democráticos.

Las órdenes, las contraórdenes, las circu­lares, las constituciones, las cartas pastora­les serán tan bien manipuladas, tan bien or­questadas, sostenidas por la omnipotencia de los medios de comunicación social, por lo que queda de los movimientos de Acción Católica, todos marxistizados, que todos los fieles honrados y los buenos sacerdotes re­petirán con el corazón roto pero consintien­do: ¡Hay que obedecer! ¿A quién, a qué? No se sabe exactamente: ¿a la Santa Sede, al Concilio, a las Comisiones, a las Conferen­cias Episcopales? Uno aquí se pierde como en los libros litúrgicos, en los ordos diocesa­nos, en la inextricable maraña de los cate­cismos, de las oraciones del tiempo actual, etcétera. Hay que obedecer, con peligro de volverse protestante, marxista, ateo, budista, indiferente, ¡poco importa! hay que obede­cer a través de las negaciones de los sacer­dotes, la inoperancia de los obispos, salvo pa­ra condenar a quienes quieren conservar la Fe, a través del matrimonio de los consagrados a Dios, de la comunión a los divorciados, de la intercomunión con los herejes, etc. ¡hay que obedecer! ¡Los seminarios se vacían y se venden igual que los noviciados, las casas religiosas y las escuelas; se saquean los te­soros de la Iglesia, los sacerdotes se secula­rizan y se profanan en su vestimenta, en su lenguaje, en su alma!... hay que obedecer. Roma, las Conferencias Episcopales, el Sí­nodo presbiteral lo quieren. Es lo que todos los ecos de las Iglesias, de los diarios, de las revistas repiten: aggiomamento, apertura al mundo. Desgraciado sea él que no consiente. Tiene derecho a ser pisoteado, calumniado, privado de todo lo que le permitía vivir. Es un hereje, es un cismático, que merece úni­camente la muerte.

Satanás ha logrado verdaderamente un gol­pe maestro: logra hacer condenar a quienes conservan la fe católica por aquéllos mismos que debieran defenderla y propagarla.

Ya es tiempo de encontrar de nuevo el sen­tido común de la fe, de reencontrar la verda­dera obediencia a la verdadera Iglesia, ocul­ta bajo esa falsa máscara del equívoco y la mentira. La verdadera Iglesia, la Santa Sede verdadera, el Sucesor de Pedro, los Obis­pos en cuanto sometidos a la Tradición de la Iglesia, no nos piden y no pueden pedirnos que nos volvamos protestantes, marxistas o comunistas. Ahora bien, se podría creer al leer ciertos documentos, ciertas constitucio­nes, ciertas circulares, ciertos catecismos que se nos pide que abandonemos la verdadera Fe en nombre del Concilio, de Roma, etcétera.

Debemos negarnos a volvernos protestan­tes, a perder la Fe y a apostatar como lo hizo la sociedad política después de los errores difundidos por Satanás en la Revolución de 1789. Nos rehusamos a apostatar, aunque fuera en nombre del Concilio, de Roma, de las Conferencias Episcopales.

Permanecemos adheridos, por sobre todo, a todos los Concilios dogmáticos que han de­finido a perpetuidad nuestra Fe. Todo cató­lico digno de este nombre debe rechazar todo relativismo, toda evolución de su fe en el sentido de que lo que ha sido definido solem­nemente por los Concilios en otros tiempos dejaría de ser válido hoy y podría ser modi­ficado por otro Concilio, con mayor razón si es tan sólo pastoral.

La confusión, la imprecisión, las modifica­ciones de los documentos sobre la Liturgia, la precipitación en la aplicación, demuestran bien a las claras que no se trata de una re­forma inspirada por el Espíritu Santo. Esta manera de obrar es de tal modo contraria a las costumbres romanas que obran siempre "cum consilio et sapientia". Es imposible que el Espíritu Santo haya inspirado la definición de la Misa según el artículo VII de la Consti­tución y aún más inaudito que se haya sen­tido la necesidad de corregirla enseguida, lo que es una confesión de chapucería en la más importante realidad de la Iglesia: el Santo Sacrificio de la Misa.

La presencia de los protestantes para la reforma litúrgica de la Misa, es preciso con­fesarlo, establece un dilema al cual parece difícil escapar. Su presencia significaba o que estaban invitados a reajustar su culto se­gún los dogmas de la Santa Misa o que se les preguntaba lo que les desagradaba en la Misa Católica para evitar que se dejara pre­sente una expresión dogmática que ellos no podían admitir. Es evidente que esta segunda solución es la que fue adoptada, cosa incon­cebible y ciertamente no inspirada por el Es­píritu Santo.

Cuando se sabe que esta concepción de la "Misa normativa" es la del Padre Bugnini y que él la impuso tanto al Sínodo como a la Comisión de Liturgia, se puede pensar que hay Roma y Roma, la Roma eterna con su fe, sus dogmas, su concepción del Sacrificio de la Misa y la Roma temporal influenciada por las ideas del mundo moderno, influencia a la que no ha escapado el propio Concilio —el cual, a propósito y por la gracia del Espí­ritu Santo quiso ser únicamente pastoral.

Santo Tomás se pregunta en la cuestión de la corrección fraterna si conviene que se la practique a veces con los Superiores. Con todas las distinciones útiles, el Ángel de la Escuela responde que se la debe practicar cuando se trata de la Fe.

Ahora bien, ¿quién puede con toda con­ciencia decir que hoy en día la Fe de los fie­les y de toda la Iglesia no está amenazada gravemente en la Liturgia, en la enseñanza del catecismo y en las instituciones de la Iglesia?

Léase y reléase a San Francisco de Sales, San Roberto Bellarmino, San Pedro Canisio y Bossuet y se hallará con asombro que te­nían  que  luchar contra  los  mismos  falsos procedimientos.   Pero esta vez el drama ex­traordinario  consiste  en que  estas desfigu­raciones de la Tradición nos vienen de Roma y de las Conferencias Episcopales; si uno quie­re por consiguiente guardar su Fe tenemos que admitir sí que algo anormal pasa en la administración romana.   Debemos, por cier­to, sostener la infalibilidad de la Iglesia y del Sucesor de Pedro, debemos también ad­mitir la situación trágica en que se encuen­tra nuestra Fe católica por las orientaciones y los documentos que nos vienen de la Igle­sia; la conclusión vuelve a lo que decíamos al comienzo:   Satanás reina por el equívoco y la incoherencia, que son sus -medios de com­bate y que engañan a los hombres de poca Fe.

Este equívoco debe ser suprimido valien­temente para preparar el día elegido por la Providencia en que será suprimido oficial­mente por el Sucesor de Pedro.

Que no se nos tache de rebeldes u orgullo­sos, porque no somos nosotros los que juz­gamos, sino es Pedro mismo quien como Su­cesor de Pedro condena lo que él por otro lado fomenta, es la Roma eterna la que condena a la roma temporal. Nosotros preferimos obedecer a la eterna.

Pensamos con plena conciencia que toda la legislación emitida desde el Concilio es, por lo menos, dudosa y, en consecuencia, apelamos al Canon 23 que trata de este caso y nos pide atenernos a la ley antigua.

Estas palabras parecerán a algunos injuriosas para la autoridad. Por el contrario, son las únicas que protejen a la autoridad y la reconocen verdaderamente, porque la autoridad no puede existir sino para lo Verdadero y lo Bueno y no para el error y el vicio.




El 13 de octubre de 1974, en el ani­versario de las apariciones de Fátima.
Que María se digne bendecir estas líneas y haga que produzcan frutos de Verdad y Santidad.

Mons. Marcel Lefebvre